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“Sevilla, una ciudad a la medida del hombre, capital de una tierra que siempre ha convertido en conquistados a todos sus conquistadores, que ha ganado con el amor todas las guerras perdidas con las armas, una ciudad antigua, sabia, profunda, seria cuando hay que serlo, alegre y vitalista, hospitalaria.

Una ciudad donde el tiempo tiene otra medida y la vida otro sentido, el sentido gozoso del que se sabe en el paraíso con solo abrir sus sentidos al sol a la luz al aire, a los múltiples olores que perfuman sus tardes y sus noches, porque Sevilla entre otras muchas cosas es la única ciudad del mundo que huele bien, la única ciudad que se perfuma para salir a la calle…”

(Jesús Quintero, 1992).

He aquí mi secreto…

Xaxoú


” (…)  -Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:

-No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron bien molestas.

-Sois bellas, pero estáis vacías -les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.

Y volvió hacia el zorro:

-Adiós -dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el principito, a fin de acordarse.

-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

-El tiempo que perdí por mi rosa… -dijo el principito, a fin de acordarse.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

-Soy responsable de mi rosa… -repitió el principito, a fin de acordarse. “

Fragmento de “El Principito” (Antoine de Saint-Exupéry)

Dicen que el que el mar cura todas las heridas.

Dicen, también, que el agua que tenemos dentro de nuestro cuerpo, es un pedacito de mar que robamos cuando éramos tan sólo un manojo de células.

Dicen que el sonido del mar calma hasta a los mas desesperados si se logra escuchar con suficiente atención, durante suficiente tiempo.

Dicen, también, que el agua del mar se lleva con cada ola cada una de nuestras lágrimas saladas, y que por eso es imposible que se seque algún día.

Dicen que cualquiera que haya tenido la posibilidad de ver alguna vez el mar siempre querrá volver.

Dicen que flotar un rato en el frío del agua de mar siempre trae consigo los pensamientos mas claros, más profundos

Dicen que el mar es traicionero, y que nunca hay que dejar de tratarlo con el debido respeto que se merecen las aguas cuando se saben peligrosas.

Hablan de tesoros enterrados, barcos hundidos, cuerpos sin nombre corroídos por el paso del tiempo.

Dicen que esconde bancos de arena, caracoles gigantes, peces de colores inimaginables, mensajes en botellas que tal vez nunca se animan a llegar a ninguna orilla.

Dicen que el cuerpo se acostumbra rápidamente al frío apenas flota en el agua de mar, y que este frío no se vuelve a sentir hasta que se está afuera.

Dicen que el mar hace bien, siempre. Que es como una cura casi milagrosa. Hablan de regatas ganadas, de náufragos, de piratas y de corales…

Dicen que nadie sabe lo que hay en la profundidad mas extrema de sus aguas, que es un misterio todavía por descubrir. Hablan de desembocaduras de ríos largos, de islas escondidas y de aguas frías y transparentes…

Todo eso dicen… Y yo aquí, sin saber si meterme y arriesgarme, y hundirme, y desaparecer…o si quedarme admirándolo, un rato más, desde la orilla…

Dicen que en algún lugar, el mar se junta con el cielo…


 

Mario Roberto Morales
Costa Rica, marzo del 2006.

Las humanidades son un conjunto de disciplinas que estudian a la persona en cuanto ser pensante y con sentimientos, y no como entidad biológica o física. La condición humana frente a la vida y la muerte, el amor y el odio, el poder y la injusticia y, en fin, todo lo que nos empuja a averiguar el sentido de la existencia, es lo que estudian las humanidades, en especial la filosofía, la historia del arte y la literatura, pues las sociedades dejan siempre un registro escrito (en cuevas, estelas, murales, códices y libros) de su paso por el mundo, de sus logros materiales y espirituales, de su cultura, sus diferencias y sus dolores y tragedias.

El paso de la escritura ideográfica a la alfabética implicó la creación de un sistema escritural móvil que, combinando un número limitado de letras y palabras, es capaz de captar y transmitir la diversidad dialéctica de lo real. La riqueza de un idioma -expresada siempre en su mejor literatura- refleja por ello la mayor complejidad y sofisticación de una cultura. De ahí que mientras mejor léxico y sintaxis maneje una persona, su comprensión de la realidad sea más precisa y profunda. No es cierto aquello de “lo sé pero no lo puedo explicar”. Si algo no se puede explicar verbalmente es porque no se comprende, pues es imposible pensar sin palabras. Éstas posibilitan al ser humano no tener que señalar los objetos para referirse a ellos y a sus redes de relaciones. El hecho de que el individuo actual sólo use unas pocas docenas de palabras para vivir, trabajar, divertirse, amar y soñar, expresa hasta dónde llega su entendimiento del mundo. Esto resulta del intelicidio educativo provocado por la sustitución de la palabra por la imagen publicitaria, y de la incorporación de esta sustitución a la pedagogía por medio de la “tecnología en el aula”. Si antes pasamos de una rica oralidad y visualidad a la cultura letrada, ahora hemos llegado a otra oralidad y otra visualidad, más pobres, que facilitan nuestra entrega acrítica al consumismo. La intencionada marginación consumista en el sistema educativo de la cultura letrada por la audiovisual (pudiendo ser complementarias) es la causa de esto.

Todos necesitamos desarrollar una mente analítica ante el mundo, pues eso nos capacita para discernir con criterio propio nuestras decisiones frente a alternativas complejas. Esto lo proveen las humanidades, siempre que no se enseñen como inútiles y aburridos saberes desfasados por parte de pedantes profesores con pose de ratones de biblioteca, los cuales a muchos jóvenes les parecen -con absoluta razón- ridículos y obsoletos; sino como elementos históricos que han cumplido y cumplen una utilidad específica si se los domina con propiedad, pues su riqueza y eficacia jamás pueden ser sustituidas por ningún esquemático know-how. Si ciertos gobernantes fueran un poco más cultos, el mundo tendría menos problemas. Si los profesionales técnicos supieran hablar y escribir con propiedad, y explicarse cuestiones elementales de la sociedad, no acusarían esa bochornosa incapacidad para procesar críticamente lo que afirman y para explicarse una obra de arte o un texto literario, emblematizando así lo que el intelicidio educativo le ha hecho a la humanidad.

Gracias a él, el gusto por la lectura ya no llega a nacer en millones de personas. No es cierto que una imagen valga más que mil palabras, a menos que nos estanquemos en un grado fenoménico y primario del conocimiento. La utilidad de las humanidades en un mundo en el que el desarrollo libre de la inteligencia individual es inhibida por el sistema educativo al sustituir la lectura por las imágenes y el conocimiento crítico por la habilidad técnica (en lugar de complementarlos), reside en que son las únicas disciplinas que pueden revertir el intelicidio formando personas capaces de discernir y de tomar decisiones autónomas. Nada hay más práctico que un saber que libera de la masificación consumista y eleva nuestra condición humana individual, libre y creadora. Pero como el consumidor ideal es el ignorante, los adoradores del mercado ven a las humanidades como subversivas y se han propuesto ir acabando con ellas mediante sus reformas educativas. La lucha por su replanteamiento adquiere relevancia primordial ahora, cuando el auge inducido de toda clase de fundamentalismos ha puesto de nuevo en la agenda emancipatoria de la humanidad la defensa irrestricta de los principios de la Ilustración.

 

Fuente:  http://www.lainsignia.org/2006/marzo/cul_028.htm

“Lo que nos podemos negar es que Valdés representa la definición del Barroco más puro, la esencia misma del dramatismo más hondo y humano, con un tenebrismo que cala la trascendencia más íntima y profunda de la psique de aquel espectador que contemple el interior de esos dos marcos enfrentados a los pies de la Iglesia de San Jorge, recordándole de manera inigualable y profundamente patética aquel concepto sobre el inevitable fluir del tiempo que acuñara el poeta latino.

 “Sed fugit interea fugit irreparabile tempus”

(Pero entre tanto huye huye irreparable el tiempo).

(…) lo que capta Valdés en su obra transciende más allá de baladíes aspectos técnicos, Juan consigue lo que un número muy reducido de hombres han conseguido a lo largo de la historia humana, logra atrapar el concepto más auténtico de trascendencia, encerrándolo en un marco físico, consigue convertir lo ilimitado en limitado, lo inteligible en sensible, bajando del cielo los asuntos de los dioses hasta escasos metros de la orilla del Guadalquivir,  y lo más importante, plasmándolo de tal manera que te invada hasta la esencia misma del alma.”

In Ictu Oculi (En un abrir y cerrar de ojos)
Juan de Valdés Leal. 1671-72. Hospital de la Caridad

En un artículo que escribí el año pasado, comenté que estaba seguro que 2011 sería un año que sería inscrito en los libros de historia del futuro.

Hoy estoy más que seguro de ello.

Os pido dos minutos para que leáis concienzudamente este pequeño fragmento de un libro de Chomsky que tengo ahora mismo abierto ante mí.

“En una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegemos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea.

Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez que se han liberado de su carga y traspasado ésta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.

Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.”

(Fragmento del ensayo “La Ingeniería del Consenso”, del lingüista y analista político norteamericano Noam Chomsky.)

 



El problema viene cuando las ovejas comprueban que son mayores en número, y además, infinitamente más capaces y preparados que sus pastores políticos, los cuales creen haberse hechos dueños del corral de forma indefinida.

Más tarde, las ovejas pueden darse cuenta que tienen herraduras en vez de pezuñas, y disponerse a galopar por encima del sector político con motivo de cambiar ese corral, el cual dejó de gustarle hace tiempo.

Ya están bramando, quizás mañana comiencen a pisotear con las herraduras…

Decía Robert Orben que la primavera es la manera que Dios tiene de decir: “¡Una vez más!”

El momento es ahora.



Sapiens, procede del latín sapio -ii, término latino que significa literalmente: tener juicio, inteligencia.

De lo que se denota, homo sapiens: hombre capaz de emitir juicio, poseedor de intelecto.

Yo, me tomo la osada libertad de añadir a esta definición la capacidad de sentir emociones, de aflorar sentimientos internos, en definitiva, de poseer lo que tradicionalmente hemos llamado como poseer corazón.

Desde luego el ser humano ha demostrado a lo largo de su historia no solo tener inteligencia, sino ser capaz de realizar obras admirables, extraordinarias, de rozar el cielo uniendo estas dos capacidades intrínsicas del ser humano: intelecto y corazón.


Pero yo hoy me encuentro con esto.

No estamos hablando de la fiesta nacional, no estamos hablando de perros atropellados en la autopista, no estamos hablando del lobo ibérico, no estamos hablando del esturión del Guadalquivir, tampoco estamos hablando de los famosos pezqueñines, no estamos hablando de nada de eso, aunque todo eso también me importe, por supuesto, pero hoy no estamos hablando de nada de eso.

Estamos hablando de arrojar decenas de millones de toneladas de todo tipo de seres vivos al mar, después de haber sido capturados por las redes y dejarlos agonizando tras haber sido mutilados por las redes o directamente muertos, no hablamos de unos cuantos de pescados que se quedan aleteando encima del barco, ni de peces que no dan la talla mínima para ser capturados, estamos hablando de arrasar de forma sistemática los  sistemas de vida primarios, que son sus ecosistemas, del bien más preciado que tiene este planeta llamado Tierra, estamos hablando literalmente de destruir el mar, de agotar sus recursos, de permitir que los océanos se queden sin peces.

Con todo lo que eso conlleva.

De locos.

Cabe decir que soy un verdadero aficionado al pescado, lo considero un alimento más que básico en mi dieta, y no creo que el problema estribe en las ganas del personal por comer sardinas y atún con tomate, pues el ser humano ha comido todo tipo de animales marinos (peces, marisco,ostras, mejillones, etc) desde el mismo momento en que fue capaz de usar su intelecto para crear un anzuelo y unirlo a una cuerda, desde la remota Edad de Piedra.

También soy un amante del mar, y quien bien me conoce bien lo sabe. Y me gusta por lo que representa, por su carácter ingobernable que delata su autenticidad, por su peligrosidad natural, por su capacidad para generar todo tipo de emociones y sensaciones dentro del ser humano, por ser la fuente de vida de todo lo que soy como ser humano y de lo que son mis congéneres, pues el mar ya estaba ahí clavado mucho antes de que nosotros estuviéramos aquí, y porque aunque aún no nos hayamos dado cuenta, no nos pertenece.


El problema no está en comer pescado, creo que el pescado es sano y beneficioso para el ser humano y considero la pesca una actividad necesaria para el hombre, siempre que se realice con inteligencia, y ahí está el matiz.

La cuestión está en las formas, y considero que el problema estriba directamente en el sistema de vida que llevamos. Creo que no hace falta ser muy lumbreras para darse cuenta de esto. El problema está en la especulación de los mercados, en que el sistema político, económico e industrial sobre el que cabalgamos nos está llevando sin rumbo a la deriva, y que repercute de forma perjuiciosa en todos los ámbitos naturales con los que convivimos (bosques, ríos, animales, etc) y el mar no es una excepción.

El problema también radica en que hoy día somos casi siete mil millones de personas sobre el planeta, cifra nunca antes alcanzada por el ser humano en su evolución demográfica, pues el crecimiento humano desde la revolución industrial (1850) se está produciendo de forma exponencial  (aunque por desgracia un gran porcentaje de ellos no hayan podido ver un pescado en su vida, y aún menos comérselo).

O cambiamos el ritmo y las formas, o estoy seguro que vendrán tiempos muy divertidos*, y personalmente no creo que la cosa vaya a cambiar mucho (*permítanme la ironía).

Me acuerdo yo de cierto país con un gran círculo rojo en su enseña nacional y habitantes de ojos rasgados y cara de simpaticones, en su despiadada práctica anual de caza de delfines. También me acuerdo como el mar lloraba sangre.

La misma sangre que lloró su bandera tiempo después, por un revés del destino que llegó por el mar en forma de ola…

El problema es que el dinero le gana al corazón, y al intelecto, y no nos damos cuenta.

Pero ya nos daremos.

Seguro.

Corazón e intelecto. Las dos cualidades propias del homo sapiens, aprendamos a usarlas.

Hagamos honor a nuestro nombre como especie.

No vaya a a ser que la Tierra y el mar nos acabe poniendo al revés a nosotros.




Corazón e intelecto.